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¡¡Sumérgete!! 1ª parte

No es nada nuevo: desde que el hombre es hombre, ha querido saber qué se oculta bajo el mar. Con tal fin, ha elaborado todo tipo de artilugios que le ayudaran a descubrir ese mundo que se halla bajo la lámina de la superficie, aunque sólo a partir del siglo pasado empezó a considerarse el buceo como un deporte.

Los indicios apuntan a que el submarinismo hunde sus raíces en tiempos prehistóricos. Y es que, salvo que estuvieran  la espera de grandísimas bajamares para juntarlos, los restos de moluscos de ciertos yacimientos, amontonados, hacen pensar que nuestros antepasados se sumergían para capturarlos.

En la Polinesia, sus habitantes se sumergían usando lentes submarinas formadas por un armazón de madera y una lámina de carey.

Los griegos ya sabían qué  era bucear

En la Edad Antigua, se tienen noticias de que en el 168 a.C. se usaron buzos para recobrar el tesoro que Perseo, último rey macedonio, lanzara al mar. Asimismo, los Problemas de Aristóteles hablan de dos tipos de aparatos de inmersión, unos de los cuales es la “lebeta”, similar y precedente de las campanas de inmersión. El otro es un tubo no diferente del esnórquel.

Avanzado en el tiempo, llegamos a la era medieval y a la renacentista. De acuerdo, la Edad Media fue un tiempo en el que no consideraba demasiado e mar, aunque es en este tiempo cuando vive un extraordinario buceador, el legendario Nicolás “El Pez”, cuyas vivencias recogió F. Schiller y Cervantes menciona en El Quijote a través de “Peje Nicolao”.

La era del Hombre… y del mar

El Renacimiento vuelve los ojos al mar, a través de inventores como Leonardo da Vinci que diseñó respiradores, cascos y equipos pensados para que el hombre pudiera, ya que no conquistar, al menos darse un paseo por los fondos marinos.

El siglo XVIII es la era de los descubrimientos y de los inventos, también en lo que se refiere a la conquista del mar, de modo que los buceadores pueden estar más seguros y durante más tiempo debajo del agua. Tal es el caso de las campanas y trajes de buceo que dejaban el cuerpo de aventurero seco y le permitían respirar, en según qué casos, aire de la superficie.

Evolución vertiginosa

Ya en 1860 Auguste Denayrouze y Benedict Rouquayrol construyen y diseñan un aparato más ligero que la escafandra, con un depósito metálico de aire comprimido a 30 o 40 atmósferas y un primitivo regulador.

Dos décadas después, Henry Fleuss creaba un equipo que funcionaba con mezclas del 50 al 60 por ciento de oxígeno, que se sumergió durante una hora y cuyo éxito hizo que Siebe Gorman and Co., de Londres, acabara por fabricarlo.

Nos queda la era contemporánea del buceo, pero esta merece el capítulo aparte que, por supuesto, va a tener.