Esto es… ¡Maaadriiiiid!

¿Sabes esos jefes que llegan un viernes, a media hora de que el reloj nos haga libres, y nos ponen encima de la mesa papeleo como para que nos pasemos dos horitas entretenidos? Esos mismos que cuando pides un aumento lo que hacen es aumentar la fuerza de la palmadita en la espalda, como si el banco te fuera a cancelar la hipoteca al verte la chepa amoratada…

Pues esos señores, al lado de mi superior, son unos angelitos.

A ver, no lo voy a comparar con un tiranuelo de república bananera, ni diré que es como Lucifer encarnado. Pobre Diablo: hay comparaciones que ni él se merece. El caso es que el tipo (hablo de mi jefe) se las compone siempre para dar donde más duele y salir indemne, medio porque juega al golf (o al parchís, al teto… a lo que quiera que se juegue en las altas esferas empresariales madrileñas) con los dueños de la empresa, medio porque ha sabido rodearse de una cohorte de pelotilleros, cepillones y lamebotas infames.

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Además, el tipo (Gerundio, se llama, lo que al menos nos permite hacer algún que otro chiste a su costa) se relaciona con algunas figuras políticas de relumbrón, de las que aprende técnicas de robo y cinismo. A ver quién le dice cuatro frescas o le pincha las ruedas del Bemeuve…

Un político con una buena idea

Creo que la idea partió de uno de esos contactos políticos, Argimiro Rodríguez, digamos. Pues bien, Argimiro le comentó a Gerundio que en el partido, con esto del desapego de la ciudadanía, los escraches y que las medidas contra la corrupción se estaban poniendo serias, estaba todo el mundo más tenso que Eduardo Manostijeras poniéndose las lentillas. Por tal motivo, el secretario general tomó la primera decisión importante de su vida:

Visto que libera tensiones, no hay que castigar la VISA y además es muy sano, convocó a la cúpula del partido, dispersa entre Gibraltar, Las Seychelles, Suiza y Chipre, a jugar al paintball en Madrid. Gerundio, que a pesar de ser tonto como pocos tiene suficientes neuronas como para reconocer una buena idea, tomó buena nota, sobre todo visto que alguno de sus tiralevitas estaba empezando a cansarse de soportarlo… Un tal Marcos Julio Bruto, al que Gerundio casi había adoptado como a un hijo…

La acogida de la idea en la oficina, sobre todo al saber que nos iban a chafar el sábado sin preguntarnos, fue variable: algunos lo llamaban cretino y otros directamente buscaban en internet el árbol genealógico de Gerundio, para no dejar una generación sin mencionar hasta los tiempos de Felipe II.

¡A las trincheras!

Llega el sábado. Aquellos de nosotros que no nos hemos puesto misteriosamente malitos, nos subimos al autobús con unas ansias asesinas dignas de Charles Manson, medio por el madrugón, medio porque nos han fastidiado el plan de no movernos del sofá en todo el finde. Nos dejamos llevar a la zona de juego. Alguno (García, creo) se va despejando y hace algunos comentarios, ejem, graciosos…

Llegamos. Nos dan una charla sobre seguridad, reparten el equipo… Oye, pues no está nada mal… te sientes un tipo duro con un arma de aire comprimido y las protecciones necesarias para que no te lastimen ¡Empieza la batalla!

Hemos formado dos bandos: los que odiamos a Gerundio y a sus pelotas (los que le hacen la pelota, quiero decir) por un lado; y los pesebreros de Gerundio por el otro. Nuestro equipo dispara pintura azul mientras que los rivales nos tacan con bolas de tinte rojo.

Las Termópilas, Lepanto, Stalingrado y paintball en Madrid

Aquello es Vietnam y nosotros los boinas verdes contra los Charlies. Uno de los nuestros se tuerce un tobillo.

– ¡Oh, Diom-mío, no siento las pien-nah! –chilla Jiménez, el gangoso.

– ¡Cubridme! -grito en una acto de valor que debería valerme un ascenso o, al menos, una medallita de la Virgen de la Encina.

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Rescatado Jiménez, sigue la lucha. Un infierno. Disparos de un lado y del otro. Rojo y azul llegan a confundirse –en un lila muy mono eso sí- sobre la hierba cubierta de sudor y sangre. Vale: sólo de sudor, pero mucho.

Hemos arrinconado al enemi… al rival tras una loma, de modo que no les queda más remedio que alzar la bandera blanca y rendirse. Venciendo la tentación de gritar “¡Sin cuartel!” y arrasarlos a sangre y fuego, tomamos la colina y nos encontramos a Gerundio en el suelo, cubierto de pintura de su propio equipo de pies a cabeza mientras media docena de sus pretorianos descargan los fusiles contra él.

Entre los amotinados está Marcos Julio, hacia quien vuelve el jefe su mirada, mezcla de derrota y sorpresa, mientras le pregunta.

– ¿Tú también, Bruto, hijo mío?

Volvemos, agotados pero mucho más tranquilos. Mira tú que esto del paintball, además de ser relajante, estrecha lazos. Al menos, la mayor parte de los empleados ha cambiado de opinión con respecto a media docena de los aduladores de Gerundio.