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Una charla de padre a hijo

– Papá: ¿por qué estamos aquí?

– ¿No te gusta?

– Claro: es muy bonito, pero estoy muy cansado.

– ¿Sólo cansado?

– Bueno…

– Piénsalo bien: ¿cómo te sientes?

– Bien, cansado, pero satisfecho.

– ¿Satisfecho?

– Es… es otra cosa. Después de dos días de caminar bajo la lluvia, por caminos embarrados, con ramas y zarzas cortándome la piel y los pies agrietados de la humedad, debería estar enfadado, pero no lo estoy. Es… lo contrario del enfado.

422 - Stars Texture

– ¡Vaya! Es la primera vez desde hace treinta años que me diriges tantas palabras seguidas.

– Papá, yo…

– No. Calla. Lo que me vas a decir ahora no es necesario.

– Pero quiero hacerlo. Me equivoqué. Y fue por mi orgullo, por mi soberbia, por lo que no quise hablarte. Tenías razón, papá…

– No es momento de lloros, hijo. Tus disculpas estaban aceptadas desde hace ya muchos años.

– Entonces, este viaje, esta caminata por senderos que no imaginaba siquiera que existiesen…

– He querido hacerte un regalo.

– ¡Un regalo! Después de todo lo que ha pasado, me haces un regalo. No has cambiado… ni quiero que lo hagas.

– Bueno, en lo que tampoco he cambiado es en que no me he gastado mucho. Y en que el regalo es útil.

– (…)

– Túmbate. Boca arriba.

– (…)

– Ése es mi regalo.

– Entiendo. Y me encanta. Los días de oficina, las prisas, el móvil, el no ver a la familia más que cundo duermen…

– Los mismos errores que cometí yo.

– No, papá, tú…

– Yo era como tú. Nunca salimos a la montaña; aprendiste a pescar con tus amigos y a andar en bicicleta  con mi padre. Nunca estuve más que como una especie de cajero automático…

– No: no es así. Gracias  que me lo permitías pude explorar el mundo yo solo ¿Recuerdas aquellas cuevas cerca de casa de los abuelos? Allí fue donde empezó a gustarme la espeleología… Meterme en cuevas, como los trogloditas, decías. Sin embargo, me dejaste aprender a desenvolverme.

– No: no te seguía, no me preocupaba, porque mis prioridades eran otras, y ese fue mi pecado.

– Pero…

– Déjalo: no quiero que discutamos ahora. Te pido perdón y espero que sepas perdonarme.

– Claro que sí, pero, ¿por qué ahora?

– Porque no podía irme sin regalarte la paz que sientes ahora mismo

– ¿La paz…? ¿Irte? ¿Adonde?

– A donde ningún sendero que quiera que recorras te llevará. Llama a tu madre. Está destrozada: encontraron mi cuerpo hace tres días…