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Desde aquel momento comprendí (II)

Un buen día de octubre andaba paseando por la marjal de Pinedo. Mientras caminaba iba tomando el sol, disfrutando de la brisa,contemplando atónito el arte de los agricultores para la siembra del arroz, divisando en esa fecha la nombrada inundación de los campos.

Ante si, una especie de laguna que tapaban cada una de las carreteras de acceso de cada uno de los campos. Es un proceso largo que comienza en octubre y finaliza con la siembra del mismo en agosto.

Sobre finales de ese mes, sentí la necesidad de indagar más sobre esos campos en los que de pequeñito tantas y tantas mañanas he pasado con mi padre. En uno de tantos caminos que había pasado, llegué a un camino cortado y señalizado por un cartel que informaba ser una zona de caza.

 Cómos y porqués

Unos metros más adelante me encontré con unos amables lugareños de Pinedo, a los cuáles me dirigí para preguntarles por qué estaba el camino cortado en ese lugar. Muy amablemente me explicaron el motivo.

Pues bien, resulta que cuando la siembra del arroz finaliza en agosto, meses después tractoran la tierra para luego en octubre, el primer domingo de ese mes, soltar las aguas y preparar los campos.

Mucho alimento, mucha caza

Mi padre hace muchos años me dijo que al ser humedales que poseían alimentos varios como cangrejos de acequia, pa de granota ,larvas de mosquito y otros alimentos muy atractivos para la fauna migratoria, se les hacía imprescindible a las aves hacer una parada obligatoria cada mañana.

Les comenté que si podían explicarme como era dicha faceta de la caza y muy amablemente me dijeron que ¡Por supuesto!. He de decir que pocas veces me he encontrado con gente tan amable por esos lugares.

Pues bien, precisamente se disponían en ese momento a prepararse para pasar un día de caza. Así lo hicieron: empezaron con unas botas de goma muy altas con pantalón de goma con peto (para poder pasar entre los campos y acequias). Además de jerseys, gorros y chalecos.

 Las armas

A continuación procedieron a sacar las armas que transportaban en fundas de gran envergadura. Algunas eran de 2 cañones (bien superpuestas o bien planas) y otras eran de un solo cañón (de acción repetidora).

Una vez montadas, sacaron a los perros de los remolques. Los animales rastrearían y harían saltar a las presas de su escondite para así el cazador poder abatirlas. Tras la explicación me propusieron asistir a la práctica de dicho deporte (caza menor de aves acuáticas). Sin dudarlo les dije que si.

Empezamos a andar, recorrer caminos, zanjas entre campo y campo. No tardaron los perros en hacer levantar el vuelo a una avefría. Enseguida el cazador preparado se dispuso con pulso firme y disparó. Así consiguió su primera pieza de la jornada, qwue trajo el perro de caza una vez cayó al suelo.

 De noche, continúa la caza

Cuando empezó a anochecer me comentaron que se iban a introducir en unos puestos fijos y que obviamente no iba preparado para pasar la jornada allí. Me despedí de ellos y les dí las gracias.

Así, a partir de ese momento entendí la dedicación, el esfuerzo y la tradición de tantos años que en un pequeño pueblo de Valencia siguen practicando de vez en cuando los más mayores del lugar.